La librería que aprendió a leer a sus lectores
Una librería de barrio con unos dos mil títulos, llevada por una sola persona. Estanterías hasta el techo, una mesa con novedades y la dueña detrás del mostrador, que conoce su catálogo libro a libro. La caja le decía cada noche qué se había vendido. Pero las ventas solo cuentan media historia.
Una y otra vez veía la misma escena. Alguien cogía un libro, leía la contraportada, se le iluminaba la cara, lo apretaba contra el pecho un segundo, y luego lo devolvía al estante. Demasiado caro ese día, o ya llevaba una pila bajo el brazo. Se enamoraban del libro y se iban sin él. Y ella se quedaba sin saberlo.
Así curaba sus estantes a ciegas. Pedía por intuición, adivinaba cuáles destacar en la mesa de entrada, apostaba por su instinto. A veces acertaba, a veces se quedaba con cajas de un título que nadie miraba, mientras otro que la gente adoraba dormía en un rincón oscuro.
La solución fue una pequeña tarjeta con un código QR junto a cada sección del estante. El texto era amable: "¿Este te conquistó pero hoy no te lo llevas? Deja un me gusta". Quien se enamoraba de un libro sin comprarlo ese día tocaba el botón, un susurro callado de "este se me quedó dentro". Una persona, un me gusta, sin tener que explicar nada.
Empezó a mirar qué títulos juntaban más me gusta. Algunos coincidían con los más vendidos. Otros no: novelas que apenas salían por caja recogían decenas de me gusta, queridas en silencio por gente que no podía llevárselas todavía.
Poco a poco el estante empezó a reflejar lo que los lectores amaban de verdad. Reordenó los títulos más queridos hacia la altura de los ojos, les dio el escaparate, y dejó marchar a los que nadie tocaba. Los me gusta se volvieron una señal honesta, sin necesidad de una venta para contar.
Porque eso es un me gusta en el fondo: un lector que dice "acuérdate de este".