Cerámica en el mercadillo: los me gusta que dicen la verdad

Una ceramista en un mercadillo artesanal de fin de semana. Tazas torneadas a mano, esmaltes en tonos tierra, ninguna igual a otra. Mucha gente se paraba ante su puesto, cogía una taza, la giraba, acariciaba el borde con el pulgar, sonreía. Y luego la dejaba y seguía caminando sin comprar.

Eso la dejaba con una duda que no sabía resolver. ¿Cuáles gustaban de verdad? Las que más se vendían no siempre eran las que más manos tocaban, y al final del día solo le quedaba un montón de tazas y la sensación borrosa de que algo funcionaba, sin saber el qué. Preguntar de frente daba reparo y casi nadie es sincero con la ceramista delante.

La solución fue una pequeña tarjeta con un código QR junto a cada lote. El texto era amable y sin presión: "¿Te enamoró pero hoy no te la llevas? Deja un me gusta". Quien adoraba una taza y no estaba listo para comprar tocaba el botón, y ya está. Una persona, un me gusta, sin charla ni compromiso.

El primer fin de semana observó los números con curiosidad. Las tazas anchas de esmalte verde musgo recogieron muchos más me gusta que las pequeñas que ella creía sus favoritas. Una serie en azul moteado, que casi deja en casa, fue la más querida con diferencia. Los me gusta contaban una historia que las ventas solas escondían.

La semana siguiente trajo más de lo que la gente adoraba y menos de lo que nadie miraba. El puesto se sentía más afinado, más suyo y de quienes pasaban a la vez. Los me gusta se volvieron una forma honesta de saber qué resonaba, sin obligar a nadie a comprar para opinar.

Porque eso es un me gusta en el fondo: un aprecio callado. Alguien que coge tu taza, la mira con cariño y, aunque hoy no se la lleve, te deja saber que te quedó bonita. Para quien crea con las manos, ese pequeño gesto vale tanto como una venta.